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#1 Consulta y opiniones por escritura el Lun Mayo 08, 2017 9:05 pm

xsebax

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Buenas a todos en UM. Compartí este mismo post en MM primero por costumbre, pero también quisiera dejarlo por aquí si no os molesta:

Sé que no me paso mucho y menos por la zona de escritura, pero en ésta ocasión tengo algo para compartir y de paso solicitar opiniones al respecto.

Es una nóvela que llevo escribiendo últimamente y que he recomenzado en varios intentos.

Me gustaría pedir si alguien tiene interés de  comentar qué les parece (más allá del argumento) el manejo de descripciones, narración y la sintetización de ideas. Esas son mis dudas en general de como se perciben.

Solo son 2 "capítulos"

______________________________________________________________________

Spoiler:


              La ciudad estaba tranquila, callada, era el silencio previo a la muerte. Todos habían acudido eufóricamente a la plazoleta central, pero una vez allí la respetaron como al sepulcro del más querido de los seres. El lugar estaba repleto, un conglomerado que no distinguía de procedencias; artesanos, granjeros, soldados, ladrones y nobles, todos por igual aguantaban expectantes la respiración.
           Ganzel había llegado tarde pero no tanto como muchos otros que quedaron atrapados detrás de él, apenas pudo encontrar lugar en una de las muchas callejuelas que serpentean hasta el amplio espacio, templo de todo rito público.  Trepó sobre un carro desplomado aún cargado de paja que incómodamente compartía como palco con otros allí presentes. Su vista solo divisaba un mar de cabezas y aún más allá el estrado poblado de soldados reales con sus uniformes rojos de detalles dorados en botones y hebillas junto la guardia armada de oscuras armaduras. Los estandartes de Setihfen se desplegaron todo a lo largo de la enorme plaza, la fiera espada rompiendo el cristal negro se veía colgada de cada ventana, en cada pared, en todo rincón, enmarcando con claridad el orden que regía a los pobladores sureños.
           Aún era temprano y a pesar de ser un día perdido de otoño, el sol en lo alto pegaba con fuerza, plegando en la frente de muchos un sudor insoportable oportuno para quienes no podían controlar su nerviosismo o ansiedad.
           En la plebe la paciencia no era uno de sus dotes más notables, poco a poco el silencio se transformó en un susurro constante repleto de especulaciones. ¿Otro mugroso? ¿Un infiel? ¿Un traidor de la nobleza?  ¿Quién sería ésta vez? Mucho no importaba, todos deseaban consumar su morbo por la muerte que pronto actuaría frente a ellos. Solo para rellenar ese espacio en el fondo de sus corazones vacíos, para simplemente poder regresar a sus hogares y reirse de ella. Disfrutar un instante y sentirse superiores en la falsa aclamación de que otro día han escapado de sus garras.
           Pronto una conmoción amenguante barullaba desde el centro hacia los alrededores. Subieron al estrado dos guardias armados con un tercer individuo vistiendo viejos trapos y  atado de manos, apenas podía distinguir si era un hombre ya que su rostro estaba tapado por un costal. Su único distintivo era el collar que llevaba puesto, llamativo por el engarce de un zafiro rojo muy vivaz en su color, que parecía guiñar con los constantes reflejos del sol. Ganzel lo reconoció, sabía su uso pero no su nombre, era común para aprisionar magos, para inhibir sus dotes naturales y así relegarlos a la simple mortalidad.
           Siguiente a ellos también se sumó otro hombre rubio de impecable apariencia, al menos desde la distancia * se podía ver que vestía de soldado real pero no de rojo sino de  vivo color azul y su capa vinotinta extensa hasta el suelo bailaba con la suave brisa. Relucía en su cintura un largo sable enfundado y en sus manos enguantadas inmediatamente ensanchó la proclama que estaba a punto de recitar. Los guardias expusieron de rodillas al aprisionado en el límite del estrado, la primera fila repleta de sonrisas se apagó de inmediato.
           -¡Querido compañeros que valerosamente han respondido al llamado de las campanas, requiero de su total atención! – el hombre de azul tenía una poderosa voz, magnificada por el cuerno de latón que un ayudante escurridizo sostenía frente a él - ¡Nuestro señor y guardián Sain Gurius Xletmikios II, siempre ha rogado por el bienestar y  la paz de nuestras tierras libres y su pueblo libre!
           Más de un bufido de desaprobación entre risitas y maldiciones resonaron por lo bajo, ninguno con la suficiente valentía para hacerse al oído de los tantísimos soldados entreverados en la multitud. Muchos rostros demostraban total indiferencia, algunos tanta que era evidente su malestar oculto en un confuso desentendimiento que podría llegar a ser aceptación.            
-¡Nuestro pueblo siempre ha luchado! ¡Luchado por purificar las tierras que siempre nos han pertenecido sobre los herejes y todo secuaz del mal! ¡De todo seguidor de lo místico y la desgracia que esto atrae! ¡De los infieles a su propia gente que hacen culto a los opresores de nuestra raza! ¡Pero ya no más! – el orador levantó su puño al cielo en el torbellino pasional que predicaba, sin leer, sin mirar, solo dejándose llevar por un fatídico fanatismo.
           Aquel mar de personas no dudaron en responder con los suyos, todos alzados, firmes. Ganzel titubeó con poco disimulo, un escalofrío le recorría de pies a cabeza. No quería ser parte de aquel rebaño ¿Acaso alguien notaría un puño bajo entre miles? No podía permitirse el riesgo, simplemente se unió como otra oveja, por más que lo odiase, por más que aquel gesto careciera de todo sentido.
           -¡Nosotros somos la espada! ¡Jamás nos dejaremos arrastrar por la oscuridad y sus artimañas! – hizo una abrupta pausa para retener su extrema agitación, todos los brazos volvieron a ceder en perfecta sincronía – Hoy, en otra prueba de la supremacía de nuestro reino, haremos juicio justo sobre el último de su calaña en nuestra querida tierra.
           Los guardias removieron el costal orquestando un centenar de suspiros de sorpresa. Ganzel solo podía pensar de qué tan tonto se era para soltar semejante exclamación por tan poco. El prisionero era un simple hombre, golpeado y magullado, embarrado de las uñas hasta la nariz, de largo cabello castaño que le caía en el rostro y una frondosa barba canosa que cubría el resto. Aun viendo su cara era irreconocible, pero no incitaba ningún tipo de temor, no valía ninguna sorpresa, sino más bien una profunda pena, un hombre doblado por vaya a saberse cuántas torturas, frágil y dolido.
           -¡Que se haga la ley! – retomó el hombre de azul – Ha llegado tu hora, la hora de tu castigo, de tu juicio final. Ya se acabaron los días de tus incursiones en las artes mágicas, en las artes del mal.
           Con gesto de manos solicitaron al verdugo que se acercara con su típica y absurda indumentaria, cargando su hacha afilada. Avanzaba tosco y macabro haciéndole a más de uno tragar sus salivas como a otros tantos perpetuar solemnes caras de idiotas. Muchos de los presentes en un futuro no muy lejano de sus vidas enfrentarían aquel rostro tapado de negro, muchos lo sabían, muchos otros ni lo imaginaban, pero les pasaría.
           -Aún así, como nuestro señor es bondadoso –esa frase le hizo a Ganzel soltar una sonrisa sarcástica, sin duda era el mejor chiste que había escuchado en días – Bendice a todos aquellos que pisan sus dominios por igual y de tal modo, aún a un ser vil como vos, te otorga unas últimas palabras. Habla ahora bellaco o calla para siempre.
           El suspenso era tangible aún para el menos perspicaz. Solo aullaba el oscilar de los banderines y hasta pareciera que si uno se esforzara podía escuchar el cantar de las avecillas de los bosques. Tanta calma levantaba más de una mirada de preocupación pero no la suficiente para que alguien se atreviera a decir una palabra, nadie en su sano juicio interrumpiría aquel sagrado ritual adepto al más antiguo de los dioses.
           -Yo… - el prisionero  y sus piernas tambaleantes le dificultaron ponerse de pie. Su voz pesaba en cansancio pero se oyò con claridad en aquel silencio mortífero- Yo Cefrius Morhim. Hijo de la sagrada y primera sangre. No deshonraré mi dinastía ni pediré clemencia, pero si demando un último deseo por mis antepasados. Demando morir de pie ¡Honorablemente!
           Los susurros volvieron a despertar de su corto letargo, una rabia inminente se contenía de escupir insultos a mansalva, ningún ser despreciable merecía clemencia y menos hablar de honor. Y aún en el rechazo y desprecio palpable,  aquel ser enjuiciado se erguìa con el semblante en alto, observaba a todos por igual y todos por igual se acobardaban de mirarle a los ojos.  El hombre de azul quedó totalmente descolocado, su mirada saltona buscaba con preocupación la aprobación en el fondo del estrado, donde los rostros eran tapados por las sombrillas, donde la alta nobleza disfrutaba del espectáculo. La obtuvo, el orador se llenó de satisfacción solo por un instante, su semblante enseguida se transformó en algo excelso de temor enmascarando goce. Aun así desenfundó el largo sable sin vacilaciones, el verdugo se hizo a un lado con decepción infantil y * cabeza gacha.
           -Alto – la voz irrumpió desde la sombra. El hombre de azul tomó ágilmente su postura militar, recto y con el sable al ras de su pecho. Se acercó a paso de hojalata otro hombre de armadura blanca como el mármol. Cargaba aires señoriales rozando indicios de superioridad. Su cabello era rubio y muy corto, su rígido rostro no parecía inmutarse, Ganzel creía ver que ni siquiera pestañeaba, pero a tal distancia era imposible confirmarlo.
           -En honor a ti y a tus antepasados te daré la muerte que mereces – el corpulento hombre de la armadura blanca estiró la mano sin girar la mirada. El orador de azul le cedió su arma. – Que el mundo de los muertos te reciba en su gloria.
           El filo traspasó el corazón sin ningún tipo de resistencia. El prisionero cayó de bruces tiñéndose de rojo y la muchedumbre estalló en festejos, cantos e insultos. Un falso ambiente de felicidad espontánea se hizo dueño de la plaza, y esto a Ganzel le repugnaba, le repugnaba esa gente y por estar allí se repugnaba de sí mismo. Pero aún sofocado por esa indignación, encontró consuelo dentro de aquel bazar de perdición que se consumía a sí mismo en su doble moralidad…  Sólo bastó mirar con atención un simple detalle para repeler por un segundo aquel malestar en el caos de almas.
Sin remordimientos ni redenciones, solo queda una única cosa por hacer en el último respiro y el mago lo supo hacer… sonrió.



II

               El sol descendía de su cúspide deseando curiosear en las profundidades del bosque, escurriéndose con suaves estelas entre el espeso follaje de los viejos robles. Ganzel se sentía inquieto en la soledad del templo natural. No dejaba de pensar en el mago, en sus últimas palabras y la forma en que afrontó sus últimos instantes. No podía dejar de imaginar lo lejos que estaría de ser tan valiente, de preguntarse de si sería capaz de reclamar algún tipo de honor en vida si es que alguna vez lo hubo. Con los pasos desganados arrastraba la vestidura de hojas marchitas que alfombraban todo el bosque. Respiraba con grandes bocanadas aunque no estuviera cansado y se dejaba abordar por el intenso olor a savia boscosa mientras el manantial  al que se acercaba le farfullaba con simpatía.
           Parecía un sitio sagrado, el agua cristalina era adornada con la luz del sol que encontraba en aquel claro un espacio para explayarse sin contratiempos. Avanzó perdido en un solo pensar que se repetía constantemente, en el nombre de una persona que no conocía pero aun así le incitaban deliberadamente un montón de cuestionamientos que creía sepultados. Sus pies se refrescaron en la humedad de la orilla y su completo estado meditabundo se interrumpió abruptamente.  Bajó la mirada y se encontró con su propio reflejo, un reflejo que hacía mucho tiempo que no veía, tanto tiempo que ya no podía reconocerlo. Paseó su mano por sus cabellos, rubios y opacados, desparejos y despeinados, nunca los había visto tan largo en sus sienes ni a sus mechones cubriendo tanto su frente. Estupefacto tampoco pudo evitar detenerse en sus ojos, totalmente apagados, un azul sacado del más profundo de los mares, una mirada desdichada y certera, de esas que provocan escalofríos a primera vista. Su piel que había sabido relucir exquisita pureza ahora estaba reseca y curtida, fruto del campo abierto. Con delicadeza posó el índice en su nariz ancha que le ardía de las continuas congestiones en los últimos días, y le pareció ver su boca más torcida que nunca, o quizás fuese una simple ilusión de la calmosa corriente. Rascó su barba descuidada que asomaba algunas tempranas canas y no pudo contener su sonrisa de parejos dientes, se le escapó tras ver a un hombre que le era desconocido y eso le regocijaba enormemente. Se había enamorado de su nuevo ser, libre de todo código de decencia o de imagen. Un ser muy lejano a lo que alguna vez fue una adepta figura de nobleza y las implicaciones de la perfecta apariencia. Veía el rostro de un hombre común y corriente, de uno que podía amar tanto como odiar, y eso le encantaba.
           Empapó su cara con el agua helada que le asestó un cachetazo despabilador. No había mucho más que hacer allí, por si acaso miró a su alrededor desconfiado, pero al bosque lo adueñaba la tranquilidad musicalizada por el canto de las aves entre intermitentes silencios. Rellenó los pellejos de cuero sin ningún apuro mientras fantaseaba con cazar algún animal. Quizás una liebre, o un ciervo ¿por qué no? Ya podía imaginarse peleando con un oso a cuchillo limpio, cuerearlo para hacerse un abrigo y luego festejar victorioso con un festín de carne hasta saciar su hambre mientras sus ropajes aún se mantenían manchados con la sangre de la bestia. Hasta se imaginaba un glorioso zarpazo en su pecho, una brava cicatriz, el trofeo tras el esfuerzo, la marca de un guerrero mata fieras. Pero ni en su imaginación podía sostener la farsa, nunca había cazado nada, no sabía tirar con arco, es más, ni siquiera tenía uno. Su cuchillo a duras penas podría apuñalar un trozo de mantequilla y su tolerancia por la sangre era muy limitada, una gota salpicada era un vómito asegurado. Además ¿cómo iba a quitarle la piel cuando apenas se cortaba las uñas con éxito? La idea del oso era fantástica siempre y cuando no apareciera ninguno.
           Regresó por donde vino siguiendo el camino de hojas removidas. Solo un paso bastó para que Cefrius gritara “¡Honorablemente!” una y otra vez. Hoy no era un buen día, lo odiaba por culpa del mago, quisiera no haberlo visto, quisiera no haber visto el rumbo caótico que el mundo estaba tomando. Los pueblos sureños llevaban décadas luchando en busca de una libertad tan ficticia como los cuentos para niños. Los cultos surgidos de nuevas corrientes drásticas y fanáticas se consumaban en el simple anhelo de la soberanía del hombre arrastrando a la ignorancia del poblado a baños de sangre. El orden se sumía en la nueva era errante que no diferenciaba el honor del deshonor, la justicia de la injusticia, donde los hombres sin conciencia martillaban los pilares fundadores del mundo Pero eran muchas las conveniencias de estos nuevos dogmas que se ensañaban con el impero mal de la magia. Desde entonces los granjeros han dejado de linchar a sus señores y los señores se han dejado de revelar contra sus lores. Los mercantes habían encontrado una fructuosa vía comercial en éstas nuevas tierras libres del imperialismo industrial de la magia. Los beneficios habían sido muchos y el conflicto no escapaba de las tierras de los hombres, cosa que siempre llamaba la atención. La sangre de magos se derramaba de forma trágica día a día pero nunca en tierra de magos y a estos en cambio parecía no importarles que todo se mantuviera así. Ese equilibrio caótico y violento profanaba una nueva paz y eso le inquietaba a Ganzel con recelo ¿cuánto duraría antes de que todo estallara? Ese futuro no tan lejano y poco certero le martirizaba y con tal de escapar deseaba regresar tiempo atrás para detener a quién blandió la espada por primera vez… Y con solo rememorar el filo del sable susurró su nombre, “el caballero de blanco”. Un temor que no comprendía del todo le raspó la garganta al mencionarlo, también le hubiera gustado no haberlo visto, no haber visto ese otro camino caótico ¿desde cuándo el blanco hacia la muerte?
           -Oh mierda… - Ganzel soltó los pellejos perplejo ante la sorpresa. Se refregó dos veces antes de mirar otra vez. Dos personas estaban frente a él, aunque más bien estaban frente a su mula, mejor dicho, estaban tocando su mula... la verdad era que le estaban robando.
           La sorpresa fue igual para ellos que exclamaron con la misma ingenuidad que el hombre de barba. Se giraron por completo enfrentándose los rostros, los tres titiritaban las piernas. Eran dos mujeres, una muchacha joven y una niña, No vestían como damas sino todo lo contrario, sus ropas eran vulgares y de hombres, malgastadas y descoloridas. La niña tenía un saco que usaba prácticamente de vestido y las botas bajas le hacían ver ridículamente patona. La otra en cambio tenía un remache de dos túnicas distintas que juntas improvisaban una extraña combinación de rojo y blanco. El pantalón de dura tela le holgaba y las botas oscuras rebasaban  las rodillas. No parecían estar armadas; no habían fundas de cuchillos, ni hachas ni martillos y por lo visto tampoco cargaban equipaje, bueno, no otro que no fuera el de Ganzel.
           -¿Acaso están intentando hacerse de mis chucherías? – Ganzel se movía de extraña manera hacia ellas, pausado y tanteando el suelo como con miedo a caerse. Sus manos solicitaban calma constantemente.
           -Ahora son nuestras cosas. ¡Vete! No te haremos daño si te pierdes entre los árboles ahora mismo. – la muchacha con el ceño fruncido fallaba al expresar brusquedad, su voz era armoniosa y primorosa, incapaz de imponer ningún tipo de rigor.
           -No tengo nada de valor. Soy solo un vagabundo, un maldito y sucio pobre, un desgraciado sin suerte. Poco tengo para lo mucho que me queda todavía andar. ¿No podrían perdonar a ésta pobre alma? – Ganzel en tono lastimero buscaba penetrar en la famosa sensibilidad de las mujeres, si no lo habían matado aùn es que todavía quedaban posibilidades de conversar, pero no vislumbraba ningún tipo de compasión. Se acercó otro poco. La niña se escondía detrás de la mula y apenas asomaba los ojos por encima de su lomo. La muchacha en cambio se mantenía muy seria, hasta un poco enojada. En ese silencio la observó con detalle. No es que Ganzel conociera a muchos vándalos y vándalas, pero no creía que aquellos que se dedicaran a tales oficios tuvieran la apariencia de la joven ladrona. No era hermosa, pero tampoco podía decirse que fuera fea, tenía un encanto en la figura de su rostro y la línea de sus labios. Era delgada, quizás demasiado delgada, su rostro estrecho, y sus muñecas que bailaban en las anchas mangas terminaban de confirmar esa figura. Eso sí, sus ojos eran muy bellos, no por su color, el cual era un marrón tan común como un roble en aquel bosque, sino que eran grandes y luminosos y sus cejas gesticulaban con una soltura que convertían esa mirada en algo hipnotizaste.
           -¡Atrás! – la muchacha se impulsó con ímpetu recortando distancia, amagando un puñetazo pero sin acercarse por completo. Ganzel retrocedió con el mismo ímpetu sin quitar su gesto de manos levantadas, tenía miedo pero más que miedo estaba totalmente avergonzado por la situación, avergonzado de su miedo. La mujer en el sacudón revolvió sus largos y finos  cabellos  oscuros que le taparon el rostro.
           -¡Aaaaah! – el chillido era fino, la voz de un infante. La escena del robo había perdido todo síntoma de seriedad, y en la confusión Ganzel solo miraba. La mula había mordido la cabellera de la niña mientras que la muchacha luchaba para remover la suya de su rostro entre diversos ahogos y toses. Estaba más que claro a su vista que no eran verdaderas bandidas, a no ser que en aquellas tierras sean muy distintas a las de los cuentos del resto del mundo; pero no tenían lastimaduras, ni les faltaban dientes, ni marcas de viruela, ni suciedad en sus rostros, hasta tenían el cabello limpio.
           La morena ayudó a la pequeña escapar de las garras de la malvada mula come cabezas que la niña no paraba de insultar de tal modo. La chavala no alcanzaría los doce ni once inviernos. Era de rostro dulce e inocente con ojos pequeños y celestes, cachetona a pesar de su delgadez. Su nariz puntiaguda daba cierta ternura chistosa y su cabello era ondulado con indefinidos rizos, llamativo por su  rojizo tono de tenue fuego poco habitual en los pelirrojos.
           Ganzel en la distracción aprovechó a sacar con muy poca agilidad y algunas dificultades su cuchillo de trinchar oxidado.
           -Dejen mis cosas en paz y por favor váyanse – intimidaba con el filo masticado. Realmente no se creía capaz de apuñalar a esa mujer con voz digna de una cantora, pero tampoco permitiría que se llevaran lo poco de su equipaje, en especial su última adquisición; la mansa mula baya.
           -knö ri-setz-jar – la voz de la morena se desprendió en un susurro metálico mientras sus dedos bailoteaban apuntándole. Por un instante pareció la brisa  arremolinarse alrededor de ellos. En un pestañar Ganzel se sintió sofocado, aprisionado y rígido. Soltó el cuchillo sin opción a resistirse. Todo sucedió en un soplido sin poder percatarse de nada, solo sintió un cosquilleo creciente y cuando miró ya estaba totalmente atrapado. Desde el suelo se ramificó una dura raíz verdosa que desde los pies hasta su cuello le habían cubierto como una enredadera.
           -¡¿Qué es esto?! – las palabras no le surgían con fluidez. Las raíces le apretujaban por doquier, era un dolor molesto pero no intenso, estaba en el punto medio entre el desagrado y el sufrimiento. Su cabeza era tensada hacia atrás constantemente y a duras penas la mantenía erguida sintiendo el roce lizo de las verdosas raíces inmaduras, flexibles y resistentes.
           -¡Esperen! Podemos negociar… - las mujeres disponían a irse pero le dieron un último vistazo compasivo. Como quien mira un perro lastimado sin gustarle los perros. – Llévense mis cosas, pero por favor déjenme al animal… es mi único amigo.
           -Si ese bicho feo y oloroso es tu único compañero, das lástima… - increpó la morena sonriendo con malicia.
           -Más lástima daría no tener ninguno.
           -Tal vez podemos dejar al burro, Zamasha. Es malo. –  Susurró la niña sin despegar los ojos del animal que torpemente buscaba darle otro bocado a sus radiantes cabellos.
           -Nos llevaremos todo y listo. Vamos, Pyra.
           -¡No es justo! – gritó en tono quejoso impropio de un hombre adulto.
           -La vida no es ni será justa, y menos para el que cree en ello – ambas figuras se alejaron rodeando los árboles, lentamente desapareciendo como espíritus.
           Ganzel quedó desolado en el abismo sonoro del recinto que le rodeaba, y estaba contento de forma inexplicable como la alegría de un loco.
           Era cierto, Zamasha tenía razón.

Gracias y saludos!

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